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La Bella y la Bestia - Jeanne-Marie Le Prince de Beaumont

La Bella y la Bestia

La Bella y la Bestia

El ojo de la consciencia




El Cuento: La Belle et la Bête

Jeanne-Marie Le Prince de Beaumont

Había una vez un mercader muy rico que tenía seis hijos, tres varones y tres mujeres; y como era hombre de muchos bienes y de vasta cultura, no reparaba en gastos para educarlos y los rodeó de toda suerte de maestros. Las tres hijas eran muy hermosas; pero la más joven despertaba tanta admiración, que de pequeña todos la apodaban “la bella niña”, de modo que por fin se le quedó este nombre para envidia de sus hermanas.

No sólo era la menor mucho más bonita que las otras, sino también más bondadosa. Las dos hermanas mayores ostentaban con desprecio sus riquezas antes quienes tenían menos que ellas; se hacían las grandes damas y se negaban a que las visitasen las hijas de los demás mercaderes: únicamente las personas de mucho rango eran dignas de hacerles compañía. Se lo pasaban en todos los bailes, reuniones, comedias y paseos, y despreciaban a la menor porque empleaba gran parte de su tiempo en la lectura de buenos libros.

Las tres jóvenes, agraciadas y poseedoras de muchas riquezas, eran solicitadas en matrimonio por muchos mercaderes de la región, pero las dos mayores los despreciaban y rechazaban diciendo que sólo se casarían con un noble: por lo menos un duque o conde

La Bella -pues así era como la conocían y llamaban todos a la menor- agradecía muy cortésmente el interés de cuantos querían tomarla por esposa, y los atendía con suma amabilidad y delicadeza; pero les alegaba que aún era muy joven y que deseaba pasar algunos años más en compañía de su padre.

De un solo golpe perdió el mercader todos sus bienes, y no le quedó más que una pequeña casa de campo a buena distancia de la ciudad.

Totalmente destrozado, lleno de pena su corazón, llorando hizo saber a sus hijos que era forzoso trasladarse a esta casa, donde para ganarse la vida tendrían que trabajar como campesinos.

Sus dos hijas mayores respondieron con la altivez que siempre demostraban en toda ocasión, que de ningún modo abandonarían la ciudad, pues no les faltaban enamorados que se sentirían felices de casarse con ellas, no obstante su fortuna perdida. En esto se engañaban las buenas señoritas: sus enamorados perdieron totalmente el interés en ellas en cuanto fueron pobres.

Puesto que debido a su soberbia nadie simpatizaba con ellas, las muchachas de los otros mercaderes y sus familias comentaban:

-No merecen que les tengamos compasión. Al contrario, nos alegramos de verles abatido el orgullo. ¡Qué se hagan las grandes damas con las ovejas!

Pero, al mismo tiempo, todo el mundo decía:

-¡Qué pena, qué dolor nos da la desgracia de la Bella! ¡Esta sí que es una buena hija! ¡Con qué cortesía le habla a los pobres! ¡Es tan dulce, tan honesta!…

No faltaron caballeros dispuestos a casarse con ella, aunque no tuviese un centavo; mas la joven agradecía pero respondía que le era imposible abandonar a su padre en desgracia, y que lo seguiría a la campiña para consolarlo y ayudarlo en sus trabajos. La pobre Bella no dejaba de afligirse por la pérdida de su fortuna, pero se decía a sí misma:

-Nada obtendré por mucho que llore. Es preciso tratar de ser feliz en la pobreza.

No bien llegaron y se establecieron en la casa de campo, el mercader y sus tres hijos con ropajes de labriegos se dedicaron a preparar y labrar la tierra. La Bella se levantaba a las cuatro de la mañana y se ocupaba en limpiar la casa y preparar la comida de la familia. Al principio aquello le era un sacrificio agotador, porque no tenía costumbre de trabajar tan duramente; mas unos meses más adelante se fue sintiendo acostumbrada a este ritmo y comenzó a sentirse mejor y a disfrutar por sus afanes de una salud perfecta. Cuando terminaba sus quehaceres se ponía a leer, a tocar el clavicordio, o bien a cantar mientras hilaba o realizaba alguna otra labor. Sus dos hermanas, en cambio, se aburrían mortalmente; se levantaban a las diez de la mañana, paseaban el día entero y su única diversión era lamentarse de sus perdidas galas y visitas.

-Mira a nuestra hermana menor -se decían entre sí-, tiene un alma tan vulgar, y es tan estúpida, que se contenta con su miseria.

El buen labrador, el padre, en cambio, sabía que la Bella era trabajadora, constante, paciente y tesonera, y muy capaz de brillar en los salones, en cambio sus hermanas… Admiraba las virtudes de su hija menor, y sobre todo su paciencia, ya que las otras no se contentaban con que hiciese todo el trabajo de la casa, sino que además se burlaban de ella.

Hacía ya un año que la familia vivía en aquellas soledades cuando el mercader recibió una carta en la cual le anunciaban que cierto navío acababa de arribar, felizmente, con una carga de mercancías para él. Esta noticia trastornó por completo a sus dos hijas mayores, pues imaginaron que por fin podrían abandonar aquellos campos donde tanto se aburrían y además lo único que se les cruzaba por la cabeza era volver a la ociosa y fatua vida en las fiestas y teatros, mostrando riquezas; por lo que, no bien vieron a su padre ya dispuesto para salir, le pidieron que les trajera vestidos, chalinas, peinetas y toda suerte de bagatelas. La Bella no dijo una palabra, pensando para sí que todo el oro de las mercancías no iba a bastar para los encargos de sus hermanas.

-¿No vas tú a pedirme algo? -le preguntó su padre.

-Ya que tienes la bondad de pensar en mí -respondió ella-, te ruego que me traigas una rosa, pues por aquí no las he visto.

No era que la desease realmente, sino que no quería afear con su ejemplo la conducta de sus hermanas, las cuales habían dicho que si no pedía nada era sólo por darse importancia.

Partió, pues, el buen mercader; pero cuando llegó a la ciudad supo que había un pleito andando en torno a sus mercaderías, y luego de muchos trabajos y penas se halló tan pobre como antes. Y así emprendió nuevamente el camino hacia su vivienda. No tenía que recorrer más de treinta millas para llegar a su casa, y ya se regocijaba con el gusto de ver otra vez a sus hijas; pero erró el camino al atravesar un gran bosque, y se perdió dentro de él, en medio de una tormenta de viento y nieve que comenzó a desatarse.

Nevaba fuertemente; el viento era tan impetuoso que por dos veces lo derribó del caballo; y cuando cerró la noche llegó a temer que moriría de hambre o de frío; o que lo devorarían los lobos, a los que oía aullar muy cerca de sí. De repente, tendió la vista por entre dos largas hileras de árboles y vio una brillante luz a gran distancia.

Se encaminó hacia aquel sitio y al acercarse observó que la luz salía de un gran palacio todo iluminado. Se apresuró a refugiarse allí; pero su sorpresa fue considerable cuando no encontró a persona alguna en los patios. Su caballo, que lo seguía, entró en una vasta caballeriza que estaba abierta, y habiendo hallado heno y avena, el pobre animal, que se moría de hambre, se puso a comer ávidamente. Después de dejarlo atado, el mercader pasó al castillo, donde tampoco vio a nadie; y por fin llegó a una gran sala en que había un buen fuego y una mesa cargada de viandas con un solo cubierto. Quizás pecaría de atrevido, pero se dirigió hacia allí. La tentación fue muy grande, pues la lluvia y la nieve lo habían calado hasta los huesos; se arrimó al fuego para secarse, diciéndose a sí mismo: “El dueño de esta casa y sus sirvientes, que no tardarán en dejarse ver, sin duda me perdonarán la libertad que me he tomado.”

Se quedó aún esperando un rato largo, observaba hacia los otros recintos para tratar de ubicar a algún habitante en la mansión, pero cuando sonaron once campanadas sin que se apareciese nadie, no pudo ya resistir el hambre, y apoderándose de un pollo se lo comió con dos bocados a pesar de sus temblores. Bebió también algunas copas de vino, y ya con nueva audacia abandonó la sala y recorrió varios espaciosos aposentos, magníficamente amueblados. En uno de ellos encontró una cama dispuesta, y como era pasada la medianoche, y se sentía rendido de cansancio, entumecido y aturdido de la aventura pasada hasta encontrar este cobijo, decidió cerrar la puerta y acostarse a dormir.

Eran las diez de la mañana cuando se levantó al día siguiente, y no fue pequeña su sorpresa al encontrarse un traje como hecho a su medida en vez de sus viejas y gastadas ropas. “Sin duda”, se dijo, “o no he despertado, o este palacio pertenece a un hada buena que se ha apiadado de mí.”

Miró por la ventana y no vio el menor rastro de nieve, sino de un jardín cuyos floridos canteros encantaban la vista. Entró luego en la estancia donde cenara la víspera, y halló que sobre una mesita lo aguardaba una taza de chocolate.

-Le doy las gracias, señora hada -dijo en alta voz-, por haber tenido la bondad de albergarme en noche tan inhóspita y de pensar en mi desayuno.

El buen hombre, después de tomar el chocolate, salió en busca de su caballo, y al pasar por un sector lleno de rosas blancas recordó la petición de la Bella y cortó una para llevársela. En el mismo momento se escuchó un gran estruendo y vio que se dirigía hacia él una bestia tan horrenda, que le faltó poco para caer desmayado.

-¡Ah, ingrato! -le dijo la Bestia con voz terrible-. Yo te salvé la vida al recibirte y darte cobijo en mi palacio, y ahora, para mi pesadumbre, tú me arrebatas mis rosas, ¡a las que amo sobre todo cuanto hay en el mundo! Será preciso que mueras, a fin de reparar esta falta.

El mercader se arrojó a sus pies, juntó las manos y rogó a la Bestia:

-Monseñor, perdóname, pues no creía ofenderte al tomar una rosa; es para una de mis hijas, que me la había pedido.

-Yo no me llamo Monseñor -respondió el monstruo-sino la Bestia. No me gustan los halagos, y sí que los hombres digan lo que sienten; no esperes conmoverme con tus lisonjas. Mas tú me has dicho que tienes hijas; estoy dispuesto a perdonarte con la condición de que una de ellas venga a morir en lugar tuyo. No me repliques: parte de inmediato; y si tus hijas rehúsan morir por ti, júrame que regresarás dentro de tres meses.

No pensaba el buen hombre sacrificar una de sus hijas a tan horrendo monstruo, pero se dijo: “Al menos me queda el consuelo de darles un último abrazo.” Juró, pues, que regresaría, y la Bestia le dijo que podía partir cuando quisiera.

-Pero no quiero que te marches con las manos vacías -añadió-. Vuelve a la estancia donde pasaste la noche: allí encontrarás un gran cofre en el que pondrás cuanto te plazca, y yo lo haré conducir a tu casa.

Dicho esto se retiró la Bestia, y el hombre se dijo:

“Si es preciso que muera, tendré al menos el consuelo de que mis hijas no pasen hambre.”

Volvió, pues, a la estancia donde había dormido, y halló una gran cantidad de monedas de oro con las que llenó el cofre de que le hablara la Bestia, lo cerró, fue a las caballerizas en busca de su caballo y abandonó aquel palacio con una gran tristeza, pareja a la alegría con que entrara en él la noche antes en busca de albergue. Su caballo tomó por sí mismo una de las veredas que había en el bosque, y en unas pocas horas se halló de regreso en su pequeña granja.

Se juntaron sus hijas en torno suyo y, lejos de alegrarse con sus caricias, el pobre mercader se echó a llorar angustiado mirándolas. Traía en la mano el ramo de rosas que había cortado para la Bella, y al entregárselo le dijo:

-Bella, toma estas rosas, que bien caro costaron a tu desventurado padre.

Y enseguida contó a su familia la funesta aventura que acababa de sucederle. Al oírlo, sus dos hijas mayores dieron grandes alaridos y llenaron de injurias a la Bella, que no había derramado una lágrima.

-Miren a lo que conduce el orgullo de esta pequeña criatura -gritaban-. ¿Por qué no pidió adornos como nosotras? ¡Ah, no, la señorita tenía que ser distinta! Ella va a causar la muerte de nuestro padre, y sin embargo ni siquiera llora.

-Mi llanto sería inútil -respondió la Bella-. ¿Por qué voy a llorar a nuestro padre si no es necesario que muera? Puesto que el monstruo tiene a bien aceptar a una de sus hijas, yo me entregaré a su furia y me consideraré muy dichosa, pues habré tenido la oportunidad de salvar a mi padre y demostrarle a ustedes y a él mi ternura.

-No, hermana -dijeron sus tres hermanos-, tampoco es necesario que tú mueras; nosotros buscaremos a ese monstruo y lo mataremos o pereceremos bajo sus golpes.

-No hay que soñar, hijos míos -dijo el mercader-. El poderío de esa Bestia es tal que no tengo ninguna esperanza de matarla. Me conmueve el buen corazón de Bella, pero jamás la expondré a la muerte. Soy viejo, me queda poco tiempo de vida; sólo perderé unos cuantos años, de los que únicamente por ustedes siento desprenderme, mis hijos queridos.

-Te aseguro, padre mío -le dijo la Bella-, que no irás sin mí a ese palacio; tú no puedes impedirme que te siga. En parte fui responsable de tu desventura. Como soy joven, no le tengo gran apego a la vida, y prefiero que ese monstruo me devore a morirme de la pena y el remordimiento que me daría tu pérdida.

Por más que razonaron con ella no hubo forma de convencerla, y sus hermanas estaban encantadas, porque las virtudes de la joven les había inspirado siempre unos celos irresistibles. Al mercader lo abrumaba tanto el dolor de perder a su hija, que olvidó el cofre repleto de oro; pero al retirarse a su habitación para dormir su sorpresa fue enorme al encontrarlo junto a la cama. Decidió no decir una palabra a sus hijos de aquellas nuevas y grandes riquezas, ya que habrían querido retornar a la ciudad y él estaba resuelto a morir en el campo; pero reveló el secreto a la Bella, quien a su vez le confió que en su ausencia habían venido de visita algunos caballeros, y que dos de ellos amaban a sus hermanas. Le rogó que les permitiera casarse, pues era tan buena que las seguía queriendo y las perdonaba de todo corazón, a pesar del mal que le habían hecho.

El día en que partieron la Bella y su padre, las dos perversas muchachas se frotaron los ojos con cebolla para tener lágrimas con que llorarlos; sus hermanos, en cambio, lloraron de veras, como también el mercader, y en toda la casa la única que no lloró fue la Bella, pues no quería aumentar el dolor de los otros.

Echó a andar el caballo hacia el palacio, y al caer la tarde apareció éste todo iluminado como la primera vez. El caballo se fue por sí solo a la caballeriza, y el buen hombre y su hija pasaron al gran salón, donde encontraron una mesa magníficamente servida en la que había dos cubiertos. El mercader no tenía ánimo para probar bocado, pero la Bella, esforzándose por parecer tranquila, se sentó a la mesa y le sirvió, aunque pensaba para sí:

“La Bestia quiere que engorde antes de comerme, puesto que me recibe de modo tan espléndido.”

En cuanto terminaron de cenar se escuchó un gran estruendo y el mercader, llorando, dijo a su pobre hija que se acercaba la Bestia. No pudo la Bella evitar un estremecimiento cuando vio su horrible figura, aunque procuró disimular su miedo, y al interrogarla el monstruo sobre si la habían obligado o si venía por su propia voluntad, ella le respondió que sí, temblando, que era decisión propia.

-Eres muy buena -dijo la Bestia-, y te lo agradezco mucho. Tú, buen hombre, partirás por la mañana y no sueñes jamás con regresar aquí. Nunca. Adiós, Bella.

-Adiós, señor -respondió la muchacha.

Y enseguida se retiró la Bestia.

-¡Ah, hija mía -dijo el mercader, abrazando a la Bella- yo estoy casi muerto de espanto! Hazme caso y deja que me quede en tu sitio.

-No, padre mío -le respondió la Bella con firmeza-, tú partirás por la mañana.

Fueron después a acostarse, creyendo que no dormirían en toda la noche; mas sus ojos se cerraron apenas pusieron la cabeza en la almohada. Mientras dormía vio la Bella a una dama que le dijo:

-Tu buen corazón me hace muy feliz, Bella. No ha de quedar sin recompensa esta buena acción de arriesgar tu vida por salvar la de tu padre.

Le contó el sueño al buen hombre la Bella al despertarse; y aunque le sirvió un tanto de consuelo, no alcanzó a evitar que se lamentara con grandes sollozos al momento de separarse de su querida hija.

En cuanto se hubo marchado se dirigió la Bella a la gran sala y se echó a llorar; pero, como tenía sobrado coraje, resolvió no apesadumbrarse durante el poco tiempo que le quedase de vida, pues tenía el convencimiento de que el monstruo la devoraría aquella misma tarde. Mientras esperaba decidió recorrer el espléndido castillo, ya que a pesar de todo no podía evitar que su belleza la conmoviese. Su asombro fue aún mayor cuando halló escrito sobre una puerta:

Aposento de la Bella

La abrió precipitadamente y quedó deslumbrada por la magnificencia que allí reinaba; pero lo que más llamó su atención fue una bien provista biblioteca, un clavicordio y numerosos libros de música, lo que reunía todo lo que a ella le hacía la vida placentera.

-No quiere que esté triste -se dijo en voz baja, y añadió de inmediato-: para un solo día no me habría reunido tantas cosas.

Este pensamiento reanimó su valor, y poco después, revisando la biblioteca, encontró un libro en que aparecía la siguiente inscripción en letras de oro:

Disponga, ordene, aquí es usted la reina y señora.

-¡Ay de mí -suspiró ella-, nada deseo sino ver a mi pobre padre y saber qué está haciendo ahora!

Había dicho estas palabras para sí misma: ¡cuál no sería su asombro al volver los ojos a un gran espejo y ver allí su casa, adonde llegaba entonces su padre con el semblante lleno de tristeza! Las dos hermanas mayores acudieron a recibirlo, y a pesar de los aspavientos que hacían para aparecer afligidas, se les reflejaba en el rostro la satisfacción que sentían por la pérdida de su hermana, por haberse desprendido de la hermana que les hacía sombra con su belleza y bondad. Desapareció todo en un momento, y la Bella no pudo dejar de decirse que la Bestia era muy complaciente, y que nada tenía que temer de su parte.

Al mediodía halló la mesa servida, y mientras comía escuchó un exquisito concierto, aunque no vio a persona alguna. Esa tarde, cuando iba a sentarse a la mesa, oyó el estruendo que hacía la Bestia al acercarse, y no pudo evitar un estremecimiento.

-Bella -le dijo el monstruo-, ¿permitirías que te mirase mientras comes?

-Tú eres el dueño de esta casa -respondió la Bella, temblando.

-No -dijo la Bestia-, no hay aquí otra dueña que tú. Si te molestara no tendrías más que pedirme que me fuese, y me marcharía enseguida. Pero dime: ¿no es cierto que me encuentras muy feo?

-Así es -dijo la Bella-, pues no sé mentir; pero en cambio creo que eres muy bueno.

-Tienes razón -dijo el monstruo-, aun cuando yo no pueda juzgar mi fealdad, pues no soy más que una bestia.

-No se es una bestia -respondió la Bella- cuando uno admite que es incapaz de juzgar sobre algo. Los necios no lo admitirían.

-Come, pues -le dijo el monstruo-, y trata de pasarlo bien en tu casa, que todo cuanto hay aquí te pertenece, y me apenaría mucho que no estuvieses contenta.

-Eres muy bondadoso -respondió la Bella-. Te aseguro que tu buen corazón me hace feliz. Cuando pienso en ello no me pareces tan feo.

-¡Oh, señora -dijo la Bestia- , tengo un buen corazón, pero no soy más que una bestia!

-Hay muchos hombres más bestiales que tú -dijo la Bella-, y mejor te quiero contu figura, que a otros que tienen figura de hombre y un corazón corrupto, ingrato, burlón y falso.

La Bella, que ya apenas le tenía miedo, comió con buen apetito; pero creyó morirse de pavor cuando el monstruo le dijo:

-Bella, ¿querrías ser mi esposa?

Largo rato permaneció la muchacha sin responderle, ya que temía despertar su cólera si rehusaba, y por último le dijo, estremeciéndose:

-No, Bestia.

Quiso suspirar al oírla el pobre monstruo, pero de su pecho no salió más que un silbido tan espantoso, que hizo retemblar el palacio entero; sin embargo, la Bella se tranquilizó enseguida, pues la Bestia le dijo tristemente:

-Adiós, entonces, Bella -y salió de la sala volviéndose varias veces a mirarla por última vez.

Al quedarse sola, la Bella sintió una gran compasión por esta pobre Bestia.

“¡Ah, qué pena”, se dijo, “que siendo tan bueno, sea tan feo!”

Tres apacibles meses pasó la Bella en el castillo. Todas las tardes la Bestia la visitaba, y la entretenía y observaba mientras comía, con su conversación llena de buen sentido, pero jamás de aquello que en el mundo llaman ingenio. Cada día la Bella encontraba en el monstruo nuevas bondades, y la costumbre de verlo la había habituado tanto a su fealdad, que lejos de temer el momento de su visita, miraba con frecuencia el reloj para ver si eran las nueve, ya que la Bestia jamás dejaba de presentarse a esa hora, Sólo había una cosa que la apenaba, y era que la Bestia, cotidianamente antes de retirarse, le preguntaba cada noche si quería ser su esposa, y cuando ella rehusaba parecía traspasado de dolor. Un día le dijo:

-Mucha pena me das, Bestia. Bien querría complacerte, pero soy demasiado sincera para permitirte creer que pudiese hacerlo nunca. Siempre he de ser tu amiga: trata de contentarte con esto.

-Forzoso me será -dijo la Bestia-. Sé que en justicia soy horrible, pero mi amor es grande. Entretanto, me siento feliz de que quieras permanecer aquí. Prométeme que no me abandonarás nunca.

La Bella enrojeció al escuchar estas palabras. Había visto en el espejo que su padre estaba enfermo de pesar por haberla perdido, y deseaba volverlo a ver.

-Yo podría prometerte -dijo a la Bestia- que no te abandonaré nunca, si no fuese porque tengo tantas ansias de ver a mi padre, que me moriré de dolor si me niegas ese gusto.

-Antes prefiero yo morirme -dijo el monstruo-que causarte el pesar más pequeño. Te enviaré a casa de tu padre, y mientras estés allí morirá tu Bestia de pena.

-¡Oh, no -respondió la Bella, llorando-, te quiero demasiado para tolerarlo! Prometo regresar dentro de ocho días. Me has hecho ver que mis hermanas están casadas y mis hermanos en el ejército. Mi padre se ha quedado solo. Permíteme que pase una semana en su compañía.

-Mañana estarás con él -dijo la Bestia-, pero acuérdate de tu promesa. Cuando quieras regresar no tienes más que poner tu sortija sobre la mesa a la hora del sueño. Adiós, Bella.

La Bestia suspiró, según su costumbre, al decir estas palabras, y la Bella se acostó con la tristeza de verlo tan apesadumbrado. Cuando despertó a la mañana siguiente se hallaba en casa de su padre. Sonó a poco una campanilla que estaba junto a la cama y apareció la sirvienta, quien dio un gran grito al verla. Acudió rápidamente a sus voces el buen padre, y creyó morir de alegría porque recobraba a su querida hija, con la cual estuvo abrazado más de un cuarto de hora.

Luego de estas primeras efusiones, la Bella recordó que no tenía ropas con que vestirse, pero la sirvienta le dijo que en la vecina habitación había encontrado un cofre lleno de magníficos vestidos con adornos de oro y diamantes. Agradecida a las atenciones de la Bestia, pidió la Bella que le trajesen el más modesto de aquellos vestidos y que guardasen los otros para regalárselos a sus hermanas; pero apenas había dado esta orden desapareció el cofre. Su padre comentó que sin duda la Bestia quería que conservase para sí los regalos, y al instante reapareció el cofre donde estuviera antes.

Se vistió la Bella, y entretanto avisaron a las hermanas, que acudieron en compañía de sus esposos. Las dos eran muy desdichadas en sus matrimonios, pues la primera se había casado con un gentilhombre tan hermoso como Cupido, pero que no pensaba sino en su propia figura, a la que dedicaba todos sus desvelos de la mañana a la noche, menospreciando la belleza de su esposa. La segunda, en cambio, tenía por marido a un hombre cuyo gran talento no servía más que para mortificar a todo el mundo, empezando por su esposa.

Cuando vieron a la Bella ataviada como una princesa, y más hermosa que la luz del día, las dos creyeron morir de dolor. Aunque la Bella les hizo mil caricias no les pudo aplacar los celos, que se recrudecieron cuando les contó lo feliz que se sentía. Bajaron las dos al jardín para llorar allí a sus anchas.

-¿Por qué es tan dichosa esa pequeña criatura? ¿No somos nosotras más dignas de la felicidad que ella?

-Hermana -dijo la mayor-, se me ocurre una idea. Tratemos de retenerla aquí más de ocho días: esa estúpida Bestia pensará entonces que ha roto su palabra, y quizás la devore.

-Tienes razón, hermana mía -respondió la otra-. Y para conseguirlo la llenaremos de halagos.

Y tomada esta resolución, volvieron a subir y dieron a su hermana tantas pruebas de cariño, que la Bella lloraba de felicidad. Al concluirse el plazo comenzaron a arrancarse los cabellos y a dar tales muestras de aflicción por su partida, que les prometió quedarse otros ocho días.

Sin embargo, la Bella se reprochaba el pesar que así causaba a su pobre monstruo, a quien amaba de todo corazón, y se entristecía de no verlo. La décima noche que estuvo en casa de su padre, soñó que se hallaba en el jardín del castillo, y que veía cómo la Bestia, inerte sobre la hierba, a punto de morir, la reconvenía por sus ingratitudes. Despertó sobresaltada, con los ojos llenos de lágrimas.

“¿No soy yo bien perversa”, se dijo, “pues le causo tanto pesar cuando de tal modo me quiere? ¿Tiene acaso la culpa de su fealdad y su falta de inteligencia? Su buen corazón importa más que todo lo otro. ¿Por qué no he de casarme con él? Seré mucho más feliz que mis hermanas con sus maridos. Ni la belleza ni la inteligencia hacen que una mujer viva contenta con su esposo, sino la bondad de carácter, la virtud y el deseo de agradar; y la Bestia posee todas estas cualidades. Aunque no amor, sí le tengo estimación y amistad. ¿Por qué he de ser la causa de su desdicha, si luego me reprocharía mi ingratitud toda la vida?”

Con estas palabras la Bella se levantó, puso su sortija sobre la mesa y volvió a acostarse. Apenas se tendió sobre la cama se quedó dormida, y al despertarse a la mañana siguiente vio con alegría que se hallaba en el castillo de la Bestia. Se vistió con todo esplendor por darle gusto, y creyó morir de impaciencia en espera de que fuesen las nueve de la noche; pero el monstruo no apareció al dar el reloj la hora. Creyó entonces que le habría causado la muerte, y exhalando profundos suspiros, a punto de desesperarse, recorrió la Bella el castillo entero, buscando inútilmente por todas partes. Recordó entonces su sueño y corrió por el jardín hacia el estanque junto al cual lo viera en sueños. Allí encontró a la pobre Bestia sobre la hierba, perdido el conocimiento, y pensó que había muerto. Sin el menor asomo de horror se dejó caer a su lado, y al sentir que aún le latía el corazón, tomó un poco de agua del estanque y le roció la cabeza. Abrió la Bestia los ojos y dijo a la Bella:

-Olvidaste tu promesa, y el dolor de haberte perdido me llevó a dejarme morir de hambre. Pero ahora moriré contento, pues tuve la dicha de verte una vez más.

-No, mi Bestia querida, no vas a morirte -le dijo la Bella-, sino que vivirás para ser mi esposo. Desde este momento te prometo mi mano, y juro que no perteneceré a nadie sino a ti. ¡Ah, yo creía que sólo te tenía amistad, pero el dolor que he sentido me ha hecho ver que no podría vivir sin verte!

Apenas había pronunciado estas palabras la Bella vio que todo el palacio se iluminaba con luces resplandecientes: los fuegos artificiales, la música, todo era anuncio de una gran fiesta; pero ninguna de estas bellezas logró distraerla, y se volvió hacia su querido monstruo, cuyo peligro la hacía estremecerse. ¡Cuál no sería su sorpresa! La Bestia había desaparecido y en su lugar había un príncipe más hermoso que el Amor, que le daba las gracias por haber puesto fin a su encantamiento. Aunque este príncipe mereciese toda su atención, no pudo dejar de preguntarle dónde estaba la Bestia.

-Aquí, a tus pies -le dijo el príncipe-. Cierta maligna hada me ordenó permanecer bajo esa figura, privándome a la vez del uso de mi inteligencia, hasta que alguna bella joven consintiera en casarse conmigo. En todo el mundo tú sola has sido capaz de conmoverte con la bondad de mi corazón; ni aun ofreciéndote mi corona podría demostrarte la gratitud que te guardo y nunca podré pagar la deuda que he contraído contigo.

La Bella, agradablemente sorprendida, tendió su mano al hermoso príncipe para que se levantase. Se encaminaron después al castillo, y la joven creyó morir de dicha cuando encontró en el gran salón a su padre ya toda la familia, a quienes la hermosa dama que viera en sueños había traído hasta allí.

-Bella -le dijo esta dama, que era un hada poderosa-, ven a recibir el premio de tu buena elección: has preferido la virtud a la belleza y a la inteligencia, y por tanto mereces hallar todas estas cualidades reunidas en una sola persona. Vas a ser una gran reina: yo espero que tus virtudes no se desvanecerán en el trono. Y en cuanto a ustedes, señoras -agregó el hada, dirigiéndose a sus hermanas-, conozco sus corazones y toda la malicia que encierran. Conviértanse en estatuas, pero conservenla razón adentro de la piedra que va a envolverlas. Estarán a la puerta del palacio de la Bella, y no les pongo otra pena que la de ser testigos de su felicidad. No podrán volver asu primer estado hasta que reconozcan sus faltas; pero me temo mucho que no dejarán jamás de ser estatuas. Pues uno puede recobrarse del orgullo, la cólera, la gula y la pereza; pero es una especie de milagro que se corrija un corazón maligno y envidioso.

En este punto dio el hada un golpe en el suelo con una varita y transportó a cuantos estaban en la sala al reino del príncipe. Sus súbditos lo recibieron con júbilo, y a poco se celebraron sus bodas con la Bella, quien vivió junto a él muy largos años en una felicidad perfecta, pues estaba fundada en la virtud.

Análisis

Background de la Historia

La Familia

El Padre

Las Hermanas

Los Hermanos

La Bella

La Rosa

Blancanieves - Hermanos Grimm

Blancanieves: Coming of Age

Blancanieves




El Cuento: Schneewittchen

Había una vez hace mucho tiempo, allá en el norte, a la mitad del invierno, cuando los copos de nieve caen como plumas desde el cielo, una reina que gustaba de coser sentada junto a una ventana que tenía los marcos hechos de ébano negro. Y mientras cosía y miraba hacia afuera el caer de la nieve , se punzó uno de sus dedos, y tres gotas de sangre cayeron sobre algunos copos de nieve que habían entrado por la ventana. Y vio aquella sangre preciosa sobre la blanca nieve, y pensó:

-“¡Oh!, ¡Si yo llegara a tener una niña que tuviera el blanco de la nieve, el rojo de la sangre, y el negro del ébano del marco de esta ventana!”-

Pronto tuvo la dicha de tener una linda niña, que era tan blanca como la nieve, sus mejillas rojas como la sangre, y su cabello tan negro como el ébano. Por lo tanto la llamó Blanca-Nieves. Pero poco después de nacer la niña, la reina murió.

Después de pasado un año, el rey tomó otra esposa. Era bella, pero orgullosa y engreída, y no soportaba que existiera otra mujer que la sobrepasara en hermosura. Ella poseía un espejo mágico, y cuando se colocaba al frente y se miraba en él, le decía:

-“Espejito, espejito, que estás en la pared ¿Quién en esta tierra es la más bella?”-

Y el espejo contestaba:

-“Tú, gran reina, eres la más bella de todas.”-

Y ella quedaba satisfecha, porque sabía que el espejo le decía siempre la verdad.

Unos años después el rey falleció, pero Blanca-Nieves fue creciendo, y crecía más y más bondadosa, educada y preparada cada día, y cuando ya estaba joven era tan bella en su espíritu, como un día primaveral, y por todas sus buenas cualidades superaba en mucho a la belleza física de la misma reina.

Y llegó al fin un día en que la reina preguntó de nuevo:

-“Espejito, espejito, que estás en la pared ¿Quién en esta tierra es la más bella?”-

El espejo contestó:

-“Tú eres físicamente la más bella de todas las mujeres que hay por aquí, excepto por Blanca-Nieves, a quien su bondad la hace ser aún más bella que tú. Así lo creo.”-

Entonces la reina se enfureció, y su tez se tornó amarilla y verde de la envidia. A partir de entonces, donde quiera que viera a Blanca-Nieves, su corazón se estremecía en su pecho, y llegó a odiar muchísimo a la muchacha.

A medida que la envidia y el orgullo crecían más y más en su corazón como una maleza, así también dejaba de tener paz en el día y en la noche.

En un momento dado, no soportando más, llamó a un cazador y le dijo:

-“Llévate a la muchacha adentro del bosque, no quiero tenerla más a mi vista. Mátala, y tráeme su corazón al regreso como prueba.”-

El cazador obedeció y la llevó lejos, pero cuando él sacó su cuchillo, y estaba a punto de herir a la inocente Blanca-Nieves, ella, llorando le dijo:

-“¡Ay, querido cazador, déjame vivir! Yo me internaré lejos en la espesura y nunca más volveré a casa de nuevo.”-

Y como ella era tan dulce y buena, el cazador tuvo piedad y dijo:

-“Corre, vete lejos, pobre muchacha.”-

-“Las bestias salvajes pronto la devorarán.”- se pensó él.

Y sintió como si una enorme y pesada piedra se hubiera escapado de su pecho, ante el hecho de que ya no era necesario que tuviera que matarla. Y justo en ese momento un joven jabalí se acercó por donde él estaba, le sacó el corazón y se lo llevó a la reina como prueba de que la joven había muerto.

Ahora la pobre muchacha se hallaba sola en el gran bosque, y tan aterrorizada que hasta las hojas de los árboles la asustaban. Entonces empezó a correr, y saltaba sobre filosas piedras y punzantes espinos, y las bestias salvajes corrían tras ella, pero no le hacían daño.

Ella corrió tan lejos como pudieron darle sus piernas hasta la llegada del anochecer. Entonces divisó una pequeña cabaña y entró en ella a dormir. Todo lo que había en la cabaña era pequeño, pero tan limpio y aseado como no podría describirse. Había una mesa con un mantel blanco y siete platos pequeños, y con cada plato una cucharita. Es más, había siete pequeños cuchillos y tenedores, y siete jarritas. Y contra la pared se hallaban siete pequeñas camas una junto a la otra y cubiertas con colchas tan blanquitas como la nieve.

La joven Blanca-Nieves estaba tan hambrienta y sedienta que ella tomó y comió un poquito de vegetales y pan de cada platito y bebió una gota de vino de cada jarrita, porque no deseaba coger todo de un mismo plato y jarra. Entonces, al estar tan cansada, trató de acomodarse en alguna camita, pero a como iba probando, ninguna le asentaba bien, hasta que llegó a la última que sí le sirvió, y ahí se quedó. Dijo su oración, y se acomodó a dormir.

Cuando ya había oscurecido, regresaron los dueños de la cabaña. Eran siete enanos que cavaban y extraían oro y piedras preciosas en las montañas. Encendieron sus siete candelas, y con su luz observaron que alguien había estado allí, pues las cosas no estaban exactamente en el orden en que las acostumbraban tener.

El primero dijo:

-“¿Quién se ha sentado en mi silla?”-

El segundo:

-“¿Quien comió de mi plato?”-

El tercero:

-“¿Quién cogió parte de mi pan?”-

El cuarto:

-“¿Quién tomó parte de mis vegetales?”-

El quinto:

-“¿Quien usó mi tenedor?”-

El sexto:

-“¿Quién usó mi cuchillo?”-

El séptimo:

-“¿Quien bebió de mi jarra?”-

Entonces el primero observó alrededor y vio que había un pequeño hundimiento en su cama y dijo:

-“¿Quién se ha metido en mi cama?”-

Y los demás fueron a revisar sus camas, diciendo:

-“Alguien ha estado en nuestras camas también”-

Pero cuando el séptimo miró en su cama, vio a Blanca-Nieves, quien dormía profundamente allí.

Y llamó a los demás, quienes llegaron corriendo, y suspiraron con asombro, y trajeron sus siete candelas para alumbrar mejor a la joven Blanca-Nieves.

-“¡Oh, cielos!, ¡Oh, cielos!”- susurraban – “¡Que encantadora muchacha!”-

Y les encantó tanto que no la despertaron, y la dejaron dormir en la cama. Y el séptimo enano se acomodó entre sus compañeros, turnándose a ratos de un lugar a otro por toda la noche.

Cuando llegó el amanecer, Blanca-Nieves despertó, y se asustó cuando vio a los siete enanos. Pero ellos fueron amistosos y le preguntaron su nombre.

-“Mi nombre es Blanca-Nieves.”- contestó.

-“¿Y cómo fue que llegaste a nuestra cabaña?”- preguntaron los enanos.

Ella les dijo que la reina la mandó a matar, pero que el cazador le salvó la vida, y que corrió durante todo el día, hasta que por fin encontró su vivienda. Los enanos dijeron:

-“Si puedes tomar cuidado de nuestra casa, cocinar, arreglar las camas, lavar, coser y tejer, y mantienes todo limpio y nítido, puedes quedarte lo que quieras por nada.”-

-“Sí, claro.”- respondió ella, -“Con todo mi corazón.”- y se quedó con ellos.

Les mantuvo su casa en orden. Ellos iban en las mañanas a las montañas a buscar oro y piedras preciosas, y al atardecer regresaban, encontrando ya lista su cena al llegar.

La joven tenía que quedarse sola todo el día, por lo que los buenos enanos siempre le decían:

-“Ten cuidado de la reina, pronto se enterará de que estás aquí, así que no dejes entrar a nadie.”-

Mientras tanto, la reina, creyendo que ya Blanca-Nieves no estorbaba, no hacía otra cosa más que pensar en que ella era de nuevo la más hermosa. Y fue donde el espejo y dijo:

-“Espejito, espejito, que estás en la pared ¿Quién en esta tierra es la más bella?”-

y el espejo contestó:

-“Oh, reina, tú eres lo más bello que yo he podido ver, pero en las montañas, sobre las colinas, donde viven los siete enanos, Blanca-Nieves aún vive con muy buena salud, y no hay ninguna, que por su bondad, sea más bella que ella.”-

La reina se quedó atónita, pues sabía que el espejo jamás mentía, y comprendió que el cazador la traicionó, y que por eso Blanca-Nieves aún vivía.

Y pensó y pensó de nuevo cómo podría matarla, para que aquella no siguiera siendo la más bella en el mundo. Y la envidia no la dejaba descansar. Cuando ya hubo meditado sobre qué hacer, se pintó la cara, y se disfrazó como una vieja vendedora, de tal manera que nadie la hubiera reconocido. Con ese disfraz se dirigió a la montaña a la casa de los siete enanos, tocó la puerta y gritó:

-“¡Vendo bellas cosas, baratitas, baratitas!”-

La joven Blanca-Nieves se asomó por la ventana y la llamó:

-“¡Buenos días, mi buena señora, qué es lo que tiene para vender?”-

-“Buenas cosas y bellas cosas”- contestó, -“lazos de muchos colores para lucir en la garganta”-, y ella jaló uno que estaba confeccionado con finas y coloridas sedas.

-“Voy a pagarle a esa viejita”- pensó Blanca-Nieves.

Quitó la cerradura a la puerta y compró el lazo, y se lo colocó ella misma.

-“Jovencita”- dijo la mujer, -“Qué mal te lo pusiste. Permíteme ponértelo adecuadamente de una vez.”-

Blanca-Nieves no sospechó nada y se mantuvo junto a ella y dejó que le montara el nuevo lazo. Pero la vieja mujer lo puso tan rápido y tan apretado que Blanca-Nieves perdió el sentido y la respiración, y cayó al suelo como muerta.

-“Ahora ya soy la más bella.”- se decía a sí misma la reina, y se alejó rápidamente.

No mucho rato después, al atardecer, regresaron los siete enanos, pero se sintieron totalmente perturbados cuando vieron a su amada Blanca-Nieves yaciendo en el suelo, y que no se movía ni respondía y parecía como si estuviera muerta. La incorporaron y vieron que tenía un lazo muy apretado. Lo cortaron y ella comenzó a respirar lentamente, y al cabo de un rato se recuperó totalmente. Cuando los enanos escucharon lo que había pasado dijeron:

-“La vieja vendedora no era otra persona más que la malvada reina. Ten mucha precaución y no te acerques a nadie mientras no estemos contigo.”-

Pero la perversa mujer, al llegar a su habitación, fue inmediatamente donde el espejo y preguntó:

-“Espejito, espejito, que estás en la pared ¿Quién en esta tierra es la más bella?”-

y el espejo contestó:

-“Oh, reina, tú eres lo más bello que yo he podido ver, pero en las montañas, sobre las colinas, donde viven los siete enanos, Blanca-Nieves aún vive con muy buena salud, y no hay ninguna, que por su bondad, sea más bella que ella.”-

Cuando ella oyó aquello, toda su sangre se le subió a la cabeza con furia, de saber que Blanca-Nieves seguía aún con vida.

-“Pero ahora”- se dijo, “pensaré algo que será tu final.”

Y con ayuda de algo de brujería, en lo cual ella era experta, se fabricó un venenoso peine. Y tomó una nueva apariencia, con la forma de otra vieja mujer. Entonces volvió a ir a la casa de los siete enanos, tocó a la puerta y gritó con otra voz:

-“¡Vendo cosas buenas y baratas, baratas!”-

Blanca-Nieves se asomó y le dijo:

-“¡Váyase! ¡No puedo dejar entrar a nadie!”-

-“Supongo que al menos podrías mirar.”- dijo la vieja.

Y sacó el venenoso peine y lo sostuvo en alto. Y le gustó tanto a la muchacha que la sedujo y abrió la puerta. Una vez hecha la compra, la vieja mujer dijo:

-“Ahora te peinaré apropiadamente como debe ser de una vez.”-

La pobre Blanca-Nieves de nuevo no tuvo suspicacia, y dejó que la vieja hiciera como quiso. Pero no más había colocado el peine en su cabellera, cuando enseguida el veneno hizo efecto, y la joven cayó al suelo sin sentido.

-“Tú, modelo de bondad”- dijo la malvada mujer, -“ya estás lista.”- y se marchó.

Pero afortunadamente ya casi era el atardecer, la hora de regreso de los siete enanos. Cuando llegaron y vieron a Blanca-Nieves en el suelo, como muerta, enseguida sospecharon de la reina. La revisaron y encontraron el peine envenenado en la cabellera. Entonces de nuevo le recordaron a ella estar siempre en guardia y no abrir la puerta a nadie.

La reina, de nuevo en casa, corrió al espejo y dijo:

-“Espejito, espejito, que estás en la pared ¿Quién en esta tierra es la más bella?”-

y el espejo contestó:

“Oh, reina, tú eres lo más bello que yo he podido ver, pero en las montañas, sobre las colinas, donde viven los siete enanos, Blanca-Nieves aún vive con muy buena salud, y no hay ninguna, que por su bondad, sea más bella que ella.”-

Cuando ella oyó al espejo hablar así, se estremeció y golpeteó con rabia.

-“Blanca-Nieves deberá morir”- gritó ella, -“aunque me cuesta la vida.”-

Inmediatamente bajó a un salón secreto, solitario, donde nadie más que ella podía llegar, y allí hizo una muy venenosa manzana. Por fuera la manzana se vería preciosa, con unos pómulos rojizos muy atrayentes, que cualquiera que la viera desearía tomarla, pero quien mordiera aún una pequeña porción, de seguro moriría.

Cuando estuvo terminada la manzana, se pintó la cara, y se vistió como una campesina, y así regresó a la casa de los siete enanos en la montaña. Tocó a la puerta. Blanca-Nieves asomó su cabeza por la ventana y dijo:

-“¡No puedo abrirle a nadie!, los enanos me lo han prohibido!

-“Me da lo mismo”- contestó la mujer, -“Pronto terminaré con mis manzanas. Pero te obsequiaré una para ti.”-

-“No”- dijo Blanca-Nieves, -“No debo aceptar nada.”-

-“¿Temes que estén envenenadas?”- dijo la vieja mujer. -“Mira, cortaré la manzana en dos piezas. Tú te comes la orilla roja, y yo la parte blanca.”-

La manzana estaba tan perfectamente confeccionada, que solamente la parte roja contenía el veneno. Blanca-Nieves deseaba la manzana, y cuando vio que la mujer comía tranquilamente su parte blanca, no resistió más y tomó en sus manos la porción envenenada. Pero no había terminado de saborear el primer bocado, cuando cayó como muerta. Entonces la reina la miró con una mirada terrorífica, y se rió fuertísimo diciendo:

-“¡Blanca como la nieve, roja como la sangre y negra como la madera de ébano! Esta vez los enanos no podrán reanimarte de nuevo”-

Y ya en su habitación, cuando preguntó al espejo:

-“Espejito, espejito, que estás en la pared ¿Quién en esta tierra es la más bella?”-

al fin le dijo:

-“Oh, reina, en este mundo, tú eres la más bella de todas.”-

Entonces su envidioso corazón sintió descanso, si es que un corazón envidioso puede llegar a tener algún descanso.

Cuando regresaron los enanos al atardecer, encontraron de nuevo a Blanca-Nieves yaciendo en el suelo. No se le sentía respirar y parecía muerta. La levantaron, la revisaron a ver si encontraban algo venenoso, le soltaron lazos, revisaron su cabellera, la lavaron con agua y vino, pero todo fue en vano. La pobre muchacha seguía como muerta. La colocaron entonces en un ataúd, y los siete se sentaron alrededor y lloraron por ella, y lloraron durante tres largos días.

Entonces ellos fueron a enterrarla, pero lucía tan linda como si estuviera viva, y aún conservaba sus rojas mejillas. Ellos dijeron:

-“No la enterremos en la oscura tierra.”-

Y construyeron un ataúd de cristal transparente, de modo que pudiera ser vista de todos lados, y la colocaron allí, y escribieron su nombre en letras doradas, y que era hija del rey. Entonces pusieron el ataúd en lo claro de la montaña, y uno de ellos siempre se quedaba acompañándola y vigilándola. Y llegaron también aves y lloraron por ella. Primero un búho, luego un cuervo, y de último una paloma.

Y ahora Blanca-Nieves estuvo por largo tiempo en el ataúd, y no cambiaba nada en absoluto, siempre aparentando que estaba dormida, porque era blanca como la nieve, roja como la sangre, y su cabello negro como el ébano.

Sucedió sin embargo, que el hijo de otro rey llegó al bosque, y fue a la casa de los enanos a pasar la noche. Y vio el ataúd en la montaña con la bella Blanca-Nieves dentro de él, y leyó las letras doradas que los enanos le habían escrito. Entonces dijo a los enanos:

-“Permítanme llevármela con el ataúd, yo le daré a ustedes lo que pidan por ella.”-

Pero los enanos respondieron:

-“No la dejaríamos ir por todo el oro del mundo.”-

Entonces les dijo:

-“Permítanme tenerla como un obsequio, porque no podría vivir sin ver a Blanca-Nieves. Yo la honraré y valoraré como mi más amada posesión.”

Al hablar de ese modo, los enanos se compadecieron y le entregaron el ataúd.

Ahora el hijo del rey la hizo cargar en los hombros de sus sirvientes. Pero ocurrió que tropezaron con la raíz de un árbol, y con el golpe, el pedacito de manzana envenenada que Blanca-Nieves había mordido, salió disparado de su boca. Y al momento ella abrió los ojos, levantó la tapa del ataúd, se sentó, y una vez más le volvió la conciencia.

-“¡Oh, cielos!, ¿dónde estoy?” – preguntó sorprendida.

El hijo del rey, lleno de gozo, dijo:

-“Estás conmigo.”-

Y le contó todo lo acontecido y agregó:

-“Te quiero más que nada en el mundo, ven conmigo al palacio de mi padre, y te haré mi esposa.”-

Blanca-Nieves aceptó y fue con él, y su boda fue celebrada con gran ceremonia y esplendor. Pero la malvada reina también fue invitada a la fiesta. Cuando ella ya se había arreglado glamorosamente en espléndidos vestidos, fue al espejo y le dijo:

-“Espejito, espejito, que estás en la pared ¿Quién en esta tierra es la más bella?”-

y el espejo contestó:

-“Oh, reina, eres lo más bello que yo he visto, pero la joven reina, por su bondad, es aún más bella que tú.

Entonces la perversa mujer maldijo todo, y se sentía tan infeliz, pero tan infeliz, que no sabía qué hacer. Al principio no quería ir a la boda del todo, pero no tenía paz, y decidió ir a conocer a la joven princesa. Y cuando ingresó al salón, reconoció a Blanca-Nieves, y quedó paralizada de rabia y rencor, y no se pudo mover. Pero unas zapatillas de hierro ya habían sido colocadas sobre fuego de carbón y llevadas con pinzas y colocadas frente a ella. Luego tuvo que pisar los zapatos al rojo vivo y bailar hasta que cayó muerta al suelo.



Análisis

Sobre el Análisis

En ninguna oportunidad que se presente el término análisis, me refiero a un análisis literario científico riguroso. Recibe este término como una interpretación libre, pero sobre todo ficticia, como un género literario más dónde propongo una interpretación de un texto, o parte de él, desde un punto de vista, no manipulado, pero que probblemente no se ajuste al texto en su totalidad y segurmente puede ser objetado con facilidad, así que la idea es leer los "análisis" como una obra de ficción con el objetivo de entretener, aunque no por eso están fuera de lógica o cambian intencionalmente el texto original.

Sin embargo, el hecho de muchas veces dejar de analizar grandes partes de un texto no significa de ninguna manera que la interpretación no pueda ser cierta, incluso si pierde validez al utilizarse en esas parte no incorpordas en el análisis. Esto va con el punto de vista que en este blog se utiliza del término literatura. Para entender mejor esto, revisa la sección "Sobre la Literatura".

En definitiva me divierte solo me divierte imaginar que la interpretación que propongo es posible, y realmente aún no tengo motivos para considerarlas falsas, pero por no ser un experto ni haber hecho un trabjo de investigación profunda, solo las presente como invenciones factibles

Sobre la Literatura

En la concepción que se da en este blog al término literatura, no se contempla casi en inguna oportunicdad al "autor" como un ser del cual nace la obra y solo a él esta debe completamente su existencia

La idea que se defiende aquí es que un obra literaria nace en marco de un cultura, que su nacimiento y formacion es inevitable y siempre está latente a nacer y solo saldrá a la luz cuando las condiciones se den, y ese ser a quién se llama autor es solo una de las condiciones.

La idea principal es que no existe la total originalidad, y que cada obra es el resultado de la interación de diferentes ideas, puntos de vistas, situaciones, necesidades que se unen y se alimentan unas a otras a lo largo de siglos, y cundo por fin una persona, o grupo de personas, ponen "en papel" una obras, esta tiene tanto de ellos como de cada ser humano que ha participado en esa cultura (muchas veces incluso los de otras culturas)

En este sentido, decir que no tiene lógic apensar que "el autor" quisiera decir esto o aquello es casi esteril pues para fines de nuestor anaĺisis, "el autor" tiene tanto dominio de lo que la obra quiere o no decir como cada lector. Para más acerca de esto, ir a la página "sobre literatura"

Sobre los Cuentos de Hadas

En particular, en los Cuentos de Hadas como género literario es donde mas fuerza cobra la representacion de la obra literaria como un esfuerzo colectivo pero casi inconsciente. Colectivo pues los cuentos de hadas por tradición no tienen un autor claro. Son "tradicionalmente" una historia oral contada a traves de generaciones y regiones recibiendo en cada época y lugar modificaciones que muchas veces parecen no tener un motivo claro.

Sin embargo, lo que aquí tomamos como un hecho, y que dirije las propuestas que se hacen, es que todo cuento de hadas no tiene una intención clara, al menos no en general. La teoría es que estas historias tienen cada una cientos o miles de años, con un origen que hace mucho se perdió en el tiempo, y que sobreviven gracias a que cada pueblo, cada generación las reutiliza como medio para transmitir sus valores a sus niños y niñas

La idea fundamental que se maneja en estos "análisis" es que los cuentos con protagonitas masculinos son contados para mostrar a los niños (varones) como se supone que deben comportarse, y a su vez, los cuentos con protagonistas femeninos son contados a las niñas con el mismo propósito. Pero no solo como un comportamiento diario, sino como una historia de como será, o debería ser, su vida a futuro: Qué tipo de vida debe llevar, cuales serán sus labores y a qué debe y no debe aspirar. Para explorar más tipo de mensajes pueden intentar transmitir estos cuentos ver la página "Fairy Tails"

Sobre los Hermanos Grimm

Background de la Historia

La Proposición

El Análisis

Los Números

No es "Blancanieves y los enanos" el nombre con el que recordamos el cuento. Ya no es ni siquiera solo Blancanieves, como se conocio por mucho tiempo, de hecho casi siempre ha sido así. Es la versión de DIsney la uqe hace hincapié en poner a los enenitos, y su cantidad, en el nombre. Ene sa versión los enanitos tienen nombres, cada uno asociado a un tipo de personalidad si es posible decirlo así, pero lo importante es que se humanizan y se diferencian, ya no son una voz general que habla. Y digo humanizan porque realmente antes de eso, en el cuento qeu tratamos aquí, bien podrían ser como un muchos cuentos, animales parlantes o como lo fueron en otras versiones, duendes. Y es que no siempre fueron enanos, pero en la mayoria de las versiones relativamente largas (con largas me refieromás o menos a lo largo de la version de los grimm) existe este grupo de acompañantes para blancanienes, que no son hombres pero tampoco animales o fauna común.

El nombre

Weis wie schnee, rot wie blut, schwarzehaare wie ebenholz And although the most well-known Snow White version describes the hair of the main character as "black as ebony". But the Brothers Grimm knitted almost all their fairy tales several times over, and in the earliest written version of this material, Snow White had evidence of "eyes as black as ebony" and "yellow hair." La Muerte y la nueva Vida En la República africana de Malaui encontramos otro curioso origen. El embarazo visto como algo que puede dar la vida, pero también traer la muerte. La palabra tiene la connotación de 'enfermedad'. En chichewa, el idioma de Malawi, existen tres palabras que designan "embarazo": "pakati", "matenda" y "wodwala". En este sentido, "pakati" significa literalmente "en el medio"; "wodwala" tienen cmo principal significado estar enfermo, (incluso significa estarstar enfermo de lepra); Por desgracia, en este país y en otros del mundo en desarrollo, el embarazo efectivamente tiene bastantes más posibilidades de acabar mal que en otros lugares... Pero aunque nos sintamos tentados de dar esa explicación para la raíz de la palabra, lo cierto es que en sus orígenes tan peligroso era dar a luz en África como en cualquier lugar de Europa.

Una muerte, un nacimiento

Los Tres Regalos

LA CINTA: El ahogamiento

La vieja sacó una trenzada en seda multicolor, y Blancanieves pensó: -Bien puedo dejar entrar a esta buena mujer. Corrió el cerrojo para permitirle el paso y poder comprar esa linda cinta. -¡Niña -dijo la vieja- qué mal te has puesto esa cinta! Acércate que te la arreglo como se debe. Blancanieves, que no desconfiaba, se colocó delante de ella para que le arreglara el lazo. Pero rápidamente la vieja lo oprimió tan fuerte que Blancanieves perdió el aliento y cayó como muerta.

La clave

EL PEINE: La sangre

-Al menos podrás mirar -dijo la vieja, sacando el peine envenenado y levantándolo en el aire. Tanto le gustó a la niña que se dejó seducir y abrió la puerta. Cuando se pusieron de acuerdo sobre la compra la vieja le dilo: -Ahora te voy a peinar como corresponde. La pobre Blancanieves, que nunca pensaba mal, dejó hacer a la vieja pero apenas ésta le había puesto el peine en los cabellos el veneno hizo su efecto y la pequeña cayó sin conocimiento.

Lo primero a notar aquí es la palabra "seducir". En el texto en alemán del cuento se utiliza la palabra "betören", que podemos traducir como "engañar o también como "seducir" [] ___________ Por su parte la palabra "seducir" proviene [] viene del latin seducere, formada por el prefijo se- y el verbo ducere (guiar). Ducere viene de la raíz indoeuropea deuk- que significa guiar, dirigir y conducir. Esta raíz también dio al latín la palabra dux (guía, conductor, jefe) Así entendemos que seducir es guiar para conducir a alguien separaamente (por el camino que al otro le conviene). En origen el verbo latino significaba "llevar aparte" a alguien, y despues atraerlo conduciendolo fuera del camino que llevaba En este caso, lo que los enanos debieron hacer para recuperar a blancanieves de la "muerte", fue sacr el peine que había metido la Madrastra/vieja/bruja. La implicación sexual de este acto de meter y sacar objetos punzantes parece obvia cuando se mira edede esta óptica

Vale también acortar que el peine no es un objeto cualquiera. En primer lugar, es un objeto relacionado con la belleza, el adorno y la vanidad, que al menos en su concepción clásica, no existe en la niñez. En segundo lugar, pero quizá aún más importante es la idea que transmite su modo de uso: Tenemos un objeto punzante que entra y sale una y otra vez en el cuerpo de la mujer (a quien principalmente se le relaciona con el uso de peines). Tal vez no solo es interesante, sino también sea un factor importante, el hecho de quepor lo menos durante la Edad Media el peine tuvo algún tipo de relación ritualista. Incluso existe un tipo especila de peine litúrgico que se utilizaba específicamente para estas ceremonias.

El peinado ritual del cabello de los sacerdotes puede haber comenzado cuando el cristianismo se convirtió en la religión del estado romano en el siglo IV. La mayoría de los peines sobreviven con contexto insuficiente. todavía se estaban haciendo en el siglo XII; y las referencias a su uso aparecen en rituales eclesiásticos hasta el siglo XVI. El pontifical de finales del siglo XIII de Mende se refiere al peinado del cabello, y los pontificales y misales a partir de entonces dan plegarias para ser pronunciadas mientras se peina []

LA MANZANA: 🍎 El fruto

No puedo dejar entrar a nadie; los enanos me lo han prohibido. -No es nada -dijo la campesina- me voy a librar de mis manzanas. Toma, te voy a dar una. -No-dijo Blancanieves -tampoco debo aceptar nada. -¿Temes que esté envenenada? -dijo la vieja-; mira, corto la manzana en dos partes; tú comerás la parte roja y yo la blanca. La manzana estaba tan ingeniosamente hecha que solamente la parte roja contenía veneno. La bella manzana tentaba a Blancanieves y cuando vio a la campesina comer no pudo resistir más, estiró la mano y tomó la mitad envenenada. Apenas tuvo un trozo en la boca, cayó muerta

En nuestra cultura, la manzana tiene una tradición de ser usada como un símbolo de la tentación, y es la primera imagen que nos llega al pensar en la frase proverbial "el fruto prohibido", y luego, su asociación principal es con una mujer. Ejemplos principales de esto es la versión de la historia de la Guerra de Troya, en la cual Paris entrega como premio a quień el elije como la Diosa más bella, una manzana de oro, luego de haber pactado recibir por intermedio de esa Diosa el amor de Helena, la mujer más bella de Grecia.

El otro ejemplo es sin duda la historia bíblica del Jardín del Edén,que si bien en ninguna parte dice que sea una manzana ese "fruto prohibido" del árbol del conocimento que termina comiendo Eva, la primera y única mujer en el mundo en ese entonces (así que también la más bella, LOL). De hecho, esta asociación casi general de la manzana con el fruto que Eva come y comparte a Adán, es por esto mucho más interesante y oportuna para la proposición

La interpretación propuesta sobre este tercer regalo continua con la asociación de colores y de el desarrollo de la mujer. En este caso, morder la manzana no es más que "caer en la tentación" del deseo sexual y, para decirlo "elegantemente", dejar a trás la doncellez.

Mientras ue la parte Blanca representa la inocencia y castidad de la infancia, la parte roja, csiendo universalmente aceptado el color rojo como símbolo de l pasión y el deseo sexual, y mnzna Y Blancanieves no es una doncella virgen, es una mujer. Esto a su vez trae una consecuencia más

Para reforzar la idea de esta interpretación, hay que decir que otra idea muy común en la litertura occidental es el aceptar alimento como un símbolo de iniciación a una nueva realidad o transformación en un nuevo ser. Son muchas las historias donde un personaje acepta tomar alimentos y desde entonces queda atrapado en un lugar. Uno de los ejemplo más importante si dudas de esto es si está en el Mito de Perséfone,en el Himno Homérico a Demeter , pero quiza el más universal es el sacramento de la Comunión Cristiana, que toma como base la historia de La Última Cena. Por supuesto existen muchos más, y para eso puedes ver este postpero para cerrar por ahora, es imortante nombrar el ejemplo de Alicia en el Pais de las Maravillas

La Huida: El Cazador y El Bosque

Los Siete Enanos

En el cuento de los Hermanos Grimm se refieren a los enanos como "die sieben Zwerge" lo cual traduce exactamente "los siete enanos", y son presentados como "die Herren von dem Häuslein", lo cual se puede traducir como "los que mandan en la casa" ala cual llega Blancanieves al pasar el bosque. Sin embargo, aunque es constante la compañia de otros seres, no siempre son enanos en las otras versiones del cuento. En algunas versiones son ladrones Bajo la interpretación

Finalmente: La Madrastra y el Espejo

creditos

Rapunzel - Hermanos Grimm

LRapunzel: La princesa en la Torre

Rapunzel

La luz interior



El Cuento: Rapunzel

Análisis

Background de la Historia

Rey Lear - Shakespeare

El Rey Lear

Los ojos del Rey




King Lear

Análisis


La Familia

Regan y Goneril

Cordelia

Lear

Kent y el Bufón

Side Trama

Edmundo

Edgar

Glaucester

Otros

Albany

Rey de Francia

Cornwall


Hamlet - Shakespeare

Hamlet: El Retorno del Principe

Hamlet

El Principe de Dinamarca




Hamlet

Análisis

Background de la Historia

Romeo y Julieta - Shakespeare

Romeo y Julieta: La Polis

Romeo y Julieta

La Lucha por Poder en la Polis




Romeo and Juliet

Análisis

Background de la Historia

El Prologo

Los Amantes Condenados

El Sol

La Luna